Crítica literaria: El Capitán Alatriste

Hubo una época en la que me gustaban especialmente los libros sobre espadachines. Fue antes de la época en la que me gustaba especialmente comprobar el dibujo de las ruedas de los coches y después de hacer cuerdas atando sábanas.

Por aquel entonces descubrí las novelas del Capitán Alatriste y me iban estupendas porque salían espadachines. La palabra espadachín es un especie de diminutivo parece que habla de un señor pequeño con una espada diminuta, pero no, es un señor de tamaño normal con una espada normal. Los pistoleros no se les llama pistolerines. A casi nada se le añade «ines» al final. A los colines sí, pero son pequeños o, al menos, finos. A lo mejor las espadas de los espadachines son finas como barras de pan raquíticas, lo mismo.

La historia del Capitán Alatriste

Pasan un montón de cosas en este libro que no es tampoco gordísimo. Tiene la tapa de color amarillento y las páginas no.

Diego Alatriste es un soldado que, cuando no está de servicio guerreando, se dedica a buscarse la vida por Madrid ofreciendo sus servicios como mercenario o mercenarín. Es un tipo que ya no es un chaval pero que tiene un carácter que no veas y si le calientan se lía hasta quedarse solo, también tiene bigote con lo que me recuerda a Carmelo, aquel central del Betis y del Cádiz que era tal cual.

Diego Alatriste no tiene hijos ni señora, así que se pasa el día en el bar como Genaro el portero del número 7 cuando se jubiló. Ahí se juntaba con otros parroquianos, pero como en el siglo XVIII no estaba la máquina tragaperras de los vikingos ni las otras, pues jugaba a las cartas.

Sus amigos eran Quevedo el escritor, un fraile, un policía… los amigos de Genaro son el cartero, Antonia la de los cupones y un señor de Soria que siempre está mordiendo un palillo y haciendo quinielas pero no dice nada y huele a cerrado.

Otro personaje es Iñigo. Iñigo es hijo de un antiguo compañero de Alatriste al que se cargaron en una batalla, no es su hijo, pero se ocupa de él para que no se desmande y acabe robando chapas de Seat o de Mercedes de los coches aparcados. Genaro sí que tiene hijos, el mayor se fue a estudiar a Salamanca, se casó y ahí se quedó. La chica se llama Maribel y está gorda como un piano de cola, desde que se jubiló Genaro se ocupa de la portería del número 7 y saca los cubos del 9 (aunque ahí no se vigila la escalera ni de nada, allá películas con el repartidor de publicidad o «propaganda» como él dice)

Lo de los ingleses

Está ahí en la taberna de Caridad La Lebrijana (que creo que es un poco…) con Quevedo que le pegaba al vino cosa mala y era un pendenciero de tomo y lomo. Viene uno y le dice que si quiere hacer un trabajo y, claro, como es autónomo dice que sí aunque se está recuperando de una herida. A Genaro le pusieron un stent porque Candi cocina con mucha sal y Maribel le da muchos disgustos.

Va a lo del encargo y no le convence mucho. Están él y otro que se llama Gualterio Malatesta que es un italiano con muy mala baba. Les dicen que se tienen que cargar a unos señores ingleses y dice Alatriste que vale pero que: «¿por qué? a ver…» Entonces, de detrás de una cortina sale un fraile que es de la inquisición y dice: «porque lo dice el Santo Oficio ¿alguna peguita más, bigotitos?» Genaro ha tenido varios oficios, trabajó en un colmado de chaval, repartidor de leche Pascual, mecánico y luego ya portero cuando se casó con Candi. Candi es muy simpática y me guarda los dominicales que la gente tira porque así puedo hacer una cosa.

No os voy a destripar el libro, pero ya os digo que los ingleses no son los que se suponía, porque se los habían pintado como hinchas aleatorios del Totenham que vienen a ver el partido de vuelta de la UEFA pero no. Tenía razón Alatriste en no querer cargárselos pero esto le pone en contra de gente con mucho poder y del italiano ese que es un asqueroso.

Es lo que yo le pido a un libro: hacer que me lo pasé bien. A Genaro también le ha gustado. Genaro di hola a estos señores.

HOLA

Eso lo ha puesto Genaro que no sabe usar muy bien el ordenador y que no se pone todo en mayúsculas, pero por lo menos lo intenta, no como el señor de Soria que huele a cerrado. ¡Míralo ahí con su palillo!

Pues oye

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